Columnista: David Torres

Una California pro inmigrante se faja ante Trump

David Torres

Haber vivido en California durante más de una década en dos tiempos, me permite entender a la perfección la muestra de rechazo que cientos de manifestantes prodigaron a Donald Trump durante su primera visita a ese estado como presidente de Estados Unidos.

Y lo entiendo, aun ahora a la distancia desde un Medio Oeste que igualmente se resiste a creer lo que está pasando, porque la cultura de la resistencia que ha desarrollado en California la comunidad latina —y en general las minorías— pesa mucho, sobre todo en un momento en que la retórica antiinmigrante y xenófoba promovida desde la Casa Blanca se ha exacerbado hasta límites que afectan severamente los derechos humanos.

Quien como inmigrante no haya experimentado discriminación en este país en cualquiera de sus manifestaciones, por muy imperceptibles o leves que hayan sido, no puede decir que lo conoce del todo. Y en California, aun con ese seudoglamour libertario exportado a todo el mundo, las cosas no son tan distintas.

Haber presenciado de primera mano en la primavera de 1992 las causas de los motines de Los Ángeles tras la exoneración de los cuatro policías que habían golpeado brutalmente al conductor afroamericano Rodney King, me reveló una sociedad distinta a la que el imaginario colectivo tenía hasta ese momento: vi miseria, vi racismo, vi discriminación, frente a una opulencia inenarrable que marcaba con grosera evidencia la división social existente.

Desde entonces he visto crecer un movimiento pro inmigrante y pro minorías en general que por fortuna ha permeado a otros sectores de la sociedad californiana, haciéndole tomar conciencia de una realidad de la que tal vez no se percataba o simplemente invisibilizaba conscientemente: la existencia del Otro en la presencia del inmigrante.

Ese inmigrante, en su mayoría de origen mexicano, que ha llegado a poblar y a dinamizar ciudades y condados donde a pesar del rechazo inicial se ha mantenido firme con su trabajo, sus negocios, sus medios de comunicación, su idioma, su música y su comida. Una amalgama cultural sin precedente que le ha dado otro rostro a esa parte del país, que alguna vez fue otra nación que ya se parecía a la que se describe ahora.

De sur a norte —en ese orden—, California es un espacio casi reconquistado a base de cultura y no de violencia; a base de sabores y no de sangre; a base de melodías y no de estruendos de fusil; a base de “hola” y no de “vete”. En fin, un estado que ahora mismo se enfrenta al gobierno en una guerra absurda declarada desde Washington por los estrategas de una administración que se tambalea como un barco en los umbrales de un naufragio.

¿Dejarán solo al estado de California otras entidades igualmente pobladas por inmigrantes que ahora mismo son acosados y perseguidos, o se sumarán a la resistencia que surge desde la costa oeste del país, en una especie de ola político-social que empieza a moverse en la dirección correcta de la historia?

Lejos de convocar a un distanciamiento sin sentido, el ejemplo que California pone ahora de enfrentarse al poder central —que se ha constituido en un inaceptable preimperio con absurdos paralelismos a otras etapas ya superadas de la historia— magnifica la influencia que han tenido los inmigrantes de finales del Siglo XX y principios del XXI, creando un parteaguas histórico, por demás interesante, que puede dar esa vuelta de rueda que necesita ver urgentemente el resto de la humanidad.

Escrito el 2018-03-14 13:08:23
David Torres

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