Columnista: Felipe Szarruk

Del Darién y otros demonios: Bienvenido a Los Estados Unidos Pedro ¡Quedas bajo arresto!

Por donde se mire esta historia no puede tener un final feliz, pero les aseguro que no será el que ustedes esperan, generalmente el título de la película resume su trama, este no es el caso. Esta es la crónica de como Pedro V. Un venezolano alegre y decidido, que después de cinco años de residir en el Ecuador, a donde llegó caminando desde su natal Venezuela, tratando de olvidar las comodidades dejadas atrás, emprendió un viaje a través de diez países para buscar llegar a Los Estados Unidos, con la esperanza de encontrar una vida mejor y más oportunidades de las que hasta ahora otros lugares le habían brindado.

Conocí a Pedro trabajando en Carolina el Sur, le pedí permiso para publicar su historia y sus fotos porque creo que su relato es algo que todos deben conocer, algunos podrán analizarlo a través de los ojos de los migrantes, otros, a través de los ojos de la necesidad y algunos a través de los ojos de la indiferencia, lo cierto es que esta historia no es única, se repite miles de veces diariamente y tampoco es ajena ya que nos toca a todos de manera directa o indirecta.

Cuando le pregunte la razón para abandonar Venezuela, Pedro me responde como muchos venezolanos lo hacen por estos días, se llena de nostalgia, frunce el ceño y comienza a buscar en su mente una razón de peso para justificarse, la de él, escapar de un militar que le estaba haciendo la vida imposible por alguna razón, ya no aguantó más y antes de que le sucediera algo o la historia se convirtiera en tragedia, decidió salir. Atravesó Colombia y quería quedarse en ese país, pero una noche cerca a Cali presenció la violencia y la venta de drogas en primera persona y supo que ese no era el lugar para quedarse si lo que buscaba era tranquilidad, así que siguió bajando hasta llegar a Ecuador en donde por cosas de la vida terminó siendo parte de la industria camaronera en donde trabajó cinco años en Guayaquil. Pero Guayaquil también estaba sucumbiendo a la nueva violencia y a los abusos que son consecuencia de toda esta tormenta que se ha dado en los últimos años en Latinoamérica, porque, así como las buenas personas están caminando, las malas también lo están haciendo y también se han estado estableciendo en colectivos de delincuentes por varias naciones llevando el terror y la muerte. Era hora de partir nuevamente, Pedro buscaba ante todo establecerse en un lugar en donde se pueda vivir, así que lo decidió… “me voy para el norte”.

Atravezando el Darién

Pero irse para el norte no es una tarea fácil para una persona que no tiene una visa y dinero, así que solicitó un préstamo de 200 dólares a una amiga quien se los facilitó y tomó camino a través de Colombia hasta llegar a Necoclí, la entrada para la difícil y posiblemente travesía a través el tapón el Darién, un pedazo infranqueable de selva que une a Colombia con Panamá y que se ha convertido en el asesino de varios migrantes.

La carretera panamericana no existe, es un cuento de Hadas que han querido meternos en la cabeza desde niños, una gran carretera que une el continente desde Canadá hasta la Argentina, incluso en muchos de nuestros países latinoamericanos por no decir todos, la tienen marcada en enormes y hermosos letreros fluorescentes: “la carretera panamericana” pero eso no es real, se puede viajar ese Canadá hasta Panamá o desde Colombia hasta argentina, pero ese tramo entre panamá y Colombia no existe y posiblemente jamás existirá.

El tapón el Darién entonces era el obstáculo natural más grande y más difícil que habia que enfrentar para lograr ese “sueño americano” que perseguía, y era también el inicio de una serie de eventos desafortunados o más bien de un camino de terror, extorsión y supervivencia. 20 dólares era el primer pago para poder comenzar a transitar guiado por unos niños hacia adentro de la jungla, ¿Quién controla? ¿Quiénes son estas personas? Pues ya todos lo sabemos, en Colombia opera todo tipo de ejércitos, pandillas, paramilitares, delincuentes, etc. Todo hay que pagarlo, atravesar esa selva cuesta para un migrante entre 50 y 75 dólares, les cobran en cada uno de los campamentos, por la comida, por un favor, por ayudar y si esas personas ven que alguien tiene más dinero entonces lo roban, en resumen, atravesar el tapón el Darién y salir vivo de ahí cuesta dinero y si no se tiene es posible que de allá no se salga nunca o que las mujeres salgan violadas, golpeadas y los hombres tal vez en bolsas.

Pedro tardó cinco días y cuatro noches de agonía entre la lluvia y el barro, sacando literalmente de los “huevos” los billetes de uno a uno, en donde los había escondido para que no vieran que llevaba más, ahogándose del cansancio y lleno de ronchas por las picadas de mosquitos, asustado y caminando junto a niños y niñas con sus madres y junto a otros migrantes hasta por fin llegar al alto de la bandera, desde donde se podía descender a Panamá en donde los recibieron los “militares”.

Atravesar Panamá también fue insufrible porque, aunque ya no era la selva, solamente se cambiaron los papeles de los verdugos, ahora quienes cobraban no eran delincuentes sino militares, amenazándolos con negarles permisos y papeles, con deportarlos… Después de pagar y aguantar, lograron llegar a un campamento de la ONU en donde por un par de días pudo descansar, cargar su celular y tomar alientos para salir renovado a pasar la frontera con Costa Rica. “El único país del que no voy a hablar mal es Costa Rica” me dice Pedro con una pequeña sonrisa que casi ni se nota, “Costa Rica es otra cosa, la gente me trató muy bien y pasamos sin problemas”. A estas alturas, nuestro protagonista ya iba acompañado de uno de sus paisanos migrantes y estaban decididos a entrar por Nicaragua porque estaban apuntando a entrar por el extremo más occidental que pudieran y así evitar las maras de El Salvador.

Y así fue, en Nicaragua comenzó de nuevo la tortura, esta parte el camino tocó negociarla con el chofer de un bus que por otros dólares les prometió llevarlos hasta la frontera con Honduras, pero ya no había dinero, así que tocó pedir un nuevo préstamo a la amiga benefactora de Ecuador, otros 150 dólares para poder comer y pagar pasajes y sobornos. Nicaragua no fue diferente a los otros países, en un lugar el trayecto tocó bajarse el bus y bordear la carretera para evadir al ejército y retomar el bus, en esa dinámica del gato y el ratón pasaron el país y pasaron también Honduras y Guatemala en donde cuenta “apenas pones un pie comienza la extorsión”, así esquivando, escondiéndose, esperando en gasolineras a que “la migra” no llegara, tomando buses clandestinos, etc. Hasta por fin llegar a México en donde el cuento ya se torna más oscuro.

México tiene montada una infraestructura completa para el “trafico” de migrantes, tocaba por tercera y última vez solicitar ayuda económica por que allá todo era más caro, “por favor préstame 200 dólares más”, Pero sabía que con eso tenía que llegar sí o sí a Los Estados Unidos, Esta sería la última ayuda, pero como en esta historia no puede faltar el drama, sucedió que después de subirse a escondidas a un tren que los llevó casi hasta el DF y de dormir en las calles en esa ciudad, la confianza le jugó una mala pasada a Pedro y fue víctima de un robo, la esperanza se desplomó y después de sudar lágrimas de rabia y enfrentarse a un combo de ladrones se dio cuenta de que no podía hacer nada, uno de los choferes del bus lo había robado de frente y solo podía sentarse a mirar al cielo.

Pero, aunque no sea muy probable y no se vea mucho, en Latinoamérica también existen buenas personas, y una de esas había estado observando toda la pelea y se acercó a Pedro solamente para ofrecerle su ayuda y darle de nuevo el dinero que le habían robado, convertirse en uno de los pocos ángeles que cuidan a estas personas. Así que después de un agradecimiento lo primero que hizo fue ir y comer hasta saciarse y continuar su viaje hasta la frontera de los Estados Unidos.

Después de dos semanas y diez países diferentes, Pedro se encontraba de frente al rio bravo, le habían dicho que era muy peligroso, pero que debía pasar, ya estaba solo, su amigo lo abandonó, era él contra el rio para lograr su meta, una meta que al final no sabía a donde lo iba a llevar o a conducir, así que metió el primer pie en la corriente y comenzó a caminar “A medida que caminaba eso se hacía más y más fuerte, era terrible, luchaba porque no me llevara el rio, se me hundían los pies, atravesar el primer tramo fue una cosa horrible, pensé que me iba a ahogar, al final lo logré, solo para ver que me faltaban dos tramos iguales”. Después de tanto tiempo llegar al destino parecía aun imposible, tantos problemas, humillaciones, peleas, robos, hambre y aun faltaban dos tramos del rio, pensó que no era capaz… y metió el pie esperando de nuevo la corriente, pero esta vez se encontró con un rio bajo y pacífico ¡No puede ser!, Pedro V, después de todo, lo logró, puso pies en suelo norte americano, estaba en “el norte”.

“Yo comencé a caminar y a ver las casitas y estaba feliz, lo había logrado”, así miraba de lado a lado y alcanzó a caminar algunas cuadras, mojado, sucio, flaco y lleno de barro hasta que una patrulla de ICE, la policía de migración le prendió las sirenas y lo detuvo: “Y usted qué? ¿A dónde va? A lo que, Pedro contestó “Y yo qué sé, a donde quería llegar ya llegue”.

A pedro lo conocí en un Hilton en Carolina el Sur, estaba en libertad condicional y le ayudé para iniciar su tramite al TPS para venezolanos que es un programa de protección temporal que le permitirá vivir en Los Estados Unidos, lo conocí ya gordito, bien vestido, usando zapatillas Nike y un Smart Watch, ganando casi 2000 mil dólares al mes y viviendo en el hotel en donde lo quieren y lo valoran, fue en el hotel en donde me contó que a los tres días de tenerlo en “una nevera” por fin lo dejaron salir con su papel de “parole” pero que debía presentarse a una oficina de migración en cada estado al que fuera, consiguió una persona que le echó la mano y después de volar por cuatro estados diferentes terminó en Carolina el Sur en el hotel en donde trabaja hasta hoy.

La historia de Pedro es solo una de los miles que rondan por todos los diarios y magazines del planeta, el éxodo venezolano por el mundo es algo enorme, pero lo que a mí me sorprendió y me puso a pensar, es ¿Qué clase de gente somos nosotros los latinoamericanos? Que en lugar de estar creando ayudas y corredores para estar personas lo que hacemos es robarlos, matarlos y convertir su travesía en un infierno ¿Por qué los latinos somos tan destructores con nuestros propios pueblos, con nuestros hermanos? ¿Qué sucede? Tal vez la escasez de dinero en nuestros países nos está convirtiendo en salvajes en donde ya la humanidad no importa, nada importa más que robar para poder comer, la ambición sobrepasó toda humanidad.

Pedro lo logró, pero por cada Pedro hay veinte o treinta que no lo hacen, los que pierden la batalla por caminos salvajes y violentos, en el tren al que llaman “la bestia”, en el desierto, en el Darién, al enfrentarse a las maras o pandillas y sobre todo enfrentarse a personas que se disfrazan de ayudas para después terminan traicionando, incluso asesinando.

¿Quiénes somos nosotros como latinos? Solo recuero una frase el expresidente Donald Trump, el cuál nunca me terminó de caer bien, pero esa frase nunca la olvidaré: “Si esta gente no viviera en “hoyos de mierda” en donde no se puede ni comer, entonces no vendrían a Los Estados Unidos a buscar una mejor vida”. Pero en estos tiempos en donde el valor el dinero es casi nada en Latinoamérica, en donde los trabajos se consiguen por amistad no por talento y en donde casi todo es corrupto, el único camino por ahora es “la jaula de oro” al precio que sea.

Dedico este artículo a todos los migrantes que están caminando en este momento.

Somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños.
-William Shakespeare-

Felipe Szarruk

Escrito el 2022-10-24 00:03:43
Felipe Szarruk

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