“Ser madre y ser joven”

Reflexionemos sobre la maternidad en las nuevas generaciones y las dificultades que enfrentan las mujeres jóvenes.

Ser madres, nos permite hacer un alto en nuestras dedicaciones diarias y valorar aquello que encierra la maternidad en una mujer: el don de sí, el amor incondicional a los suyos, la abnegación, sacrificio desinteresado; todas ellas, condiciones propias de la feminidad. 



Reflexionemos sobre la maternidad en las nuevas generaciones y las dificultades que enfrentan las mujeres jóvenes. La incursión de la mujer en el mundo laboral le ha supuesto un abanico interesante de desarrollo profesional, en todas las carreras universitarias y técnicas. Su aporte en las empresas y el trabajo social, es cada vez más indispensable y destaca por ser ordenada, laboriosa, meticulosa, exigente y conciliadora.

Estamos demostrando al mundo que nuestro aporte es importante. 

Sin embargo, existe el riesgo de que las mujeres profesionales vean la maternidad como un obstáculo para su realización personal, por lo que gran parte de jóvenes deciden relegar, por un tiempo bastante largo, algo que nos es muy propio: el ser madres.

La decisión de convertirse en madre está pasando a un último lugar: primero mis estudios universitarios, el trabajo, la compra de un auto, obtener una casa, casarme, mi posgrado, viajes, gozar de la vida,… y vaya uno a saber en qué numero estará “el hijo”.


Hace poco aparecía en televisión un prestigioso médico limeño aconsejando que las mujeres jóvenes (18-28 años) congelaran sus óvulos por tiempo indefinido, mientras aprovechaban para “realizarse profesionalmente”. Sus declaraciones resultan criticables porque invita a las mujeres a desnaturalizar la concepción humana y las motiva a subordinar la maternidad a la vida profesional. Da la impresión de que el mundo moderno quiere poner a la mujer en una disyuntiva insalvable: o se es buena madre o se es una profesional “exitosa”. 

Muchas experiencias de mujeres jóvenes madres, esposas y profesionales demuestran que sí es posible conciliar la vida familiar y profesional, que sí se puede llegar a un justo equilibrio sin descuidar ninguno de estos ámbitos. Frente a este nuevo reto las mujeres jóvenes deben confiar en sus capacidades para sacar adelante a sus hijos, su casa y su trabajo. La solución al dilema está en cada mujer, que en palabras de Karin Becker, debe tener muy claro “quién es, para dónde va, cuáles son sus valores, qué quiere ella de la vida, qué importancia le da al amor y la familia”. 


La maternidad no puede verse como un “obstáculo” para la realización personal. A la mujer, la maternidad la hace grande y la embellece porque crece en fuerza interior. Ser madre es promover un mundo menos egoísta y abierto al futuro, con nuevas vidas, con nuevos seres que, criados con amor, dejarán huellas imborrables en la sociedad. 

Vivimos en un mundo hedonista, en donde predomina el placer por sobre cualquier otro bien. Esta mentalidad ha contaminado también al matrimonio y a la familia; se ve a los hijos como una carga, un recorte de la “libertad” y no como un proyecto auspicioso y creativo de dos seres humanos que, mediante el amor, engendran vida. Continuamente se olvida que el hijo es un don, un regalo y no una propiedad o derecho que se toma o se deja. No olvidemos nuestra esencia, nuestra razón de ser más profunda: amar, dar vida, servir; hemos sido creadas para dar vida y cuidarla; por eso nuestro marido, nuestros hijos necesitan de nuestra protección. A la mujer le toca “humanizar al hombre”, tal como nuestro querido Juan Pablo II nos lo recordó.

Si últimamente hemos avanzado tanto en todos los campos, no dejemos que el relativismo y el afán de “éxito” nos desorienten en nuestra búsqueda de plenitud. La maternidad es una de nuestras más grandes riquezas, no hay que permitir que las nuevas tendencias nos obliguen a posponerla al último número de nuestras metas.

Un saludo muy especial a mi madre, pues sin su amor, entrega y generosidad, no estaría escribiendo ahora; y a todas las madres del Perú que hacen posible su desarrollo.

Los niños necesitan un vínculo emocional fuerte y constante al principio de su vida. Si no lo tienen, porque los padres son inestables dando amor, simpatía y tranquilidad a su hijo, o porque la madre es sustituida por tutores inadecuados, las primeras necesidades del bebé de tener una relación segura pueden frustrarse.

Parte de su misión será enseñar a su hijo a respetar los derechos y la propiedad de los demás, y esto se hará mediante la disciplina. Para que la disciplina sea efectiva debe ser firme, pero también debe ser siempre cariñosa, comprensiva y considerada. Muy a menudo el mal comportamiento de un niño es producto de padres negligentes con los que no puede comunicarse. Los padres que no hablan a sus hijos tienen pocas posibilidades de influir en ellos, mientras que una madre o un padre que ha observado y respetado todos los pasos del desarrollo de su hijo y ha aceptado de buena gana sus idiosincrasias y fallos, casi siempre estará en condiciones de hablar de los problemas con su hijo.

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